Por una geopolítica más objetiva

Tratado de San José vs. Cumbre de UNASUR: Lecciones para una Resolución de Conflictos efectiva

In Uncategorized on agosto 3, 2009 at 7:54 pm

América Latina actualmente atraviesa específicamente dos grandes conflictos, que pueden traer cambios significativos dentro de la situación en la que se encontraba el continente y en la forma como se había venido conduciendo la política regional hasta el momento. El conflicto de Honduras progresivamente se va acercando a lo que Marifeli Perez-Stable, en el Miami Herald, llamó un juego de tablas. Cada vez se va a agotando la salida negociada, a pesar de los ingentes esfuerzos del presidente Oscar Arias por lograr un acuerdo entre las partes que lleve a la estabilidad nacional. Estos esfuerzos, que a su vez también parecieran ser los esfuerzos de la OEA por salir de la difícil situación en la que esta se encuentra, todavía no han mostrado frutos evidentes: el presidente Zelaya sigue deambulando por las Américas y ahora resulta que las manifestaciones están resultando en muertes, lo que agrava aún más la situación. Si bien es cierto que el presidente interino, Roberto Micheletti se ha mostrado más solícito a una negociación que incluya la reinstauración de Zelaya en el poder, le ha sido difícil darle fuerza a la iniciativa, ya que, de cierto modo, él es el máximo responsable de la politización de dicho conflicto. No se puede olvidar el hecho de que esta discusión no tendría el peso y la gravedad que tiene actualmente, si el Congreso hubiera aprobado la destitución de Zelaya antes de que lo sacaran del país y si el presidente Zelaya hubiera sido sometido a un juicio justo por los delitos que cometió, en lugar de haber sido expulsado a tempranas horas de la madrugada. Es cierto, entonces que la alternativa costarricense no ha tenido éxito, si se considera el hecho de que el conflicto no ha podido resolverse. Máxime aún, si se considera que la Agencia EFE reveló que los seguidores de Zelaya están “recibiendo entrenamiento” en Nicaragua. Sin embargo, estas negociaciones aún no han terminado, si bien es cierto que el tiempo está pasando en beneficio del gobierno de Micheletti, la propuesta todavía no está totalmente desechada y, viendo la cada día más flexible posición del gobierno interino, todavía existe la probabilidad de que se llegue a un acuerdo. Más que pensar en el hecho de que no ha logrado resultados positivos, lo que hace que los esfuerzos de Arias/OEA sean realmente rescatables, es el hecho de que a pesar de que esta situación es un juego de tablas, las negociaciones todavía no han fallado. Cabe añadir además que los puntos del Acuerdo de San José son una salida que ha sido calificada por una gran mayoría de expertos como viable, para la salida de la crisis. Situación distinta se podría pensar del papel de Brasil/UNASUR en su intento por resolver el complejo conflicto que existe entre Colombia y Venezuela. Durante una rueda de prensa, Celso Amorim, canciller brasilero, había expresado su voluntad de mediar para el reestablecimiento de relaciones entre los dos países, una vez que el gobierno colombiano sorpresivamente las hubiera puesto en vilo, debido al hallazgo de cinco lanzacohetes de fabricación sueca en campos de las FARC, que supuestamente pertenecían al ejército venezolano. Sin embargo, al poco tiempo, el gobierno de Brasil anuncia, junto con su homólogo de Chile, tratar el tema de las bases colombianas dentro de la conferencia de UNASUR con el propósito de pedirle explicaciones al gobierno colombiano sobre dichas bases. El mismo ministro Amorim, comenta ante al diario brasilero Folha de São Paulo, que el objetivo es que el gobierno colombiano “explique mejor” el uso que se le dará a esas bases. Este panorama pone a la naciente UNASUR en una posición difícil, porque está incurriendo en una contradicción, lo cual, en una etapa tan temprana, puede tener significados importantes para el futuro de la iniciativa. No se puede olvidar que, cuando nació UNASUR, se hizo con una intención metapolítica, como diría el filósofo Alberto Buela, es decir, con una intención de ir más allá de las ideologías políticas. Esta iniciativa de por sí tiene muy altas probabilidades de fracasar (y en este punto es muy diciente el trabajo que hicieron Tomás Ayuso, Romain Le Cour Graimason y Guy Hursthouse del Consejo para Asuntos Hemisféricos), ya que si el consejo cae en la trampa ideológica y deja de lado sus aspiraciones metapolíticas, muy probablemente se fragmente y configure su propio entierro por ese mismo camino. Visto desde ese punto, y entendiendo la actual situación colombo-venezolana actual, considerando una variedad de elementos de antecedentes de esta crisis y de elementos actuales, el intento de Brasil de mediar en el conflicto a través de UNASUR, pero con una postura abiertamente pro-venezolana, puede ser totalmente contraproducente, por no decir letal. Y las muestras de ello se están viendo. La entrada de Colombia a UNASUR estuvo siempre llena de muchos obstáculos, y cuando el presidente Uribe finalmente accedió, el gobierno de Colombia estuvo del mismo lado que gobiernos tan antagónicos como el gobierno del Ecuador en asuntos como la solución de la crisis boliviana. Evidentemente, dentro de las tres condiciones que el presidente Uribe le había puesto al presidente Lula para entrar en la UNASUR estaba la de no apoyar grupos armados distintos a los grupos militares reconocidos de los Estados. Siguiendo esta lógica, se puede entender como fue posible que el gobierno colombiano haya apoyado a un gobierno tan contrario al suyo como el boliviano, pero el hecho es que tal apoyo se dio. Ahora, que el gobierno brasilero prácticamente se enfila del lado de Venezuela para resolver el conflicto, el gobierno colombiano vuelve a abstenerse de participar en las reuniones de UNASUR, y esto no puede tener repercusiones positivas ni dentro de UNASUR ni dentro del continente en general. Una de las lecciones que se podrían aprender de las negociaciones de San José es que no se puede ver un conflicto en términos de buenos y malos o en términos de dejarle toda la culpa a una de las partes, y en este caso esto es vital. Es innegable que no es un acto de buena fe haber acusado al gobierno venezolano por un hecho que perfectamente pudo haber sucedido en algún momento pre-marzo de 2008. El New York Times publica un artículo en el que dice tener informes de inteligencia que confirman que aún después de los sucesos de Marzo, el gobierno venezolano siguió apoyando a las FARC, aún así, el reclamo del gobierno colombiano ni siquiera hace mención de esto, simplemente se centra en unos lanzacohetes de los cuales no se tiene estricta certeza como terminaron en campos de las FARC y que perfectamente pudieron haber adquirido hace bastante tiempo. En este punto, el gobierno de Brasil también está un poco mal encaminado. Según el canciller Amorin, las armas son un tema menor y no deben ser tomadas en cuenta. En este caso aplica exactamente el argumento del secretario de la OEA José Miguel Insulza, cuando al inicio de la crisis, condenó el golpe, cerró cualquier posibilidad de diálogo y apoyó su postura diciendo “a los presidentes del continente no les interesa la cuarta urna, ni los artículos pétreos, a los presidentes lo que les interesa es que se restituya al presidente Zelaya al poder”, es decir, los asuntos internos del país, son los asuntos internos del país y eso no nos interesa. De haber seguido este razonamiento, el acuerdo de San José jamás habría visto la luz del sol, en primera instancia. Es cierto que nadie, fuera del gobierno venezolano y las FARC, puede aseverar exactamente como es que llegaron las armas del ejército venezolano a poder de las FARC, razón de más para seguir criticando las acciones del gobierno colombiano. También es cierto que el gobierno colombiano no debió haber elevado el tema a una queja diplomática que involucrara al gobierno sueco y pusiera al gobierno venezolano contra las cuerdas porque precisamente, eso no es un acto amistoso. Pero este fue el hecho que dio inicio a la crisis, e, independientemente de la explicación para el mismo, ello solo, implica que el asunto de las armas si debe ser tenido en consideración, por lo menos si se quiere adelantar un proceso de diálogo que lleve a una normalización de las relaciones. El siguiente error craso de la mediación brasilera radica en el reclamo ante UNASUR como tal. Es cierto, y eso no se puede negar, que el establecimiento de las bases estadounidenses en territorio Colombiano significan una amenaza para el gobierno venezolano. Maxime si se consideran los lugares que fueron escogidos para su operación, sobretodo la base de Apiay y la base de Malambo, que están mirando hacia la frontera y que están relativamente lejos de los lugares neurálgicos del narcotráfico y los asentamientos subversivos, que según el gobierno, son los problemas que estas basen quieren ayudar a resolver. Pero los brasileros parecen estar leyendo la situación desde una óptica bastante circunstancial, y así se pueden pedirle explicaciones a un gobierno y dejar de lado los hechos que antecedieron a la decisión. Desde esta óptica, el cuestionamiento brasilero debería ser por ese estilo, pero debería tener un enfoque totalmente diferente. Para poder explicar mejor esto, es necesario hacer una mirada retrospectiva sobre estos hechos. El evento más alejado en el tiempo que se podría encontrar para situar el inicio de esta crisis estaría en Septiembre de 2008, cuando el gobierno venezolano trae a su territorio armamento y militares rusos, en un ejercicio de cooperación entre las dos naciones. Sin embargo, para ver más en perspectiva este asunto hay dos hechos que sería interesante considerar: el primero es que, desde que se montó UNASUR tanto EEUU como Rusia han estado interesados en poder intervenir directamente dentro del mismo. En Octubre de 2008, el secretario del Consejo de Seguridad Ruso, Nikolay Patruscev, envía una carta a la Ministra Transandina de Defensa, Nilda Garré, solicitándole que se permitiera a Rusia integrarse al mismo, pero como observadora. La petición fue denegada. El segundo hecho importante a tener en cuenta anterior a la llegada del ejército ruso era la posición del gobierno colombiano con respecto a la instalación de una base militar norteamericana en su suelo. Desde que el presidente Rafael Correa había decidido no renovar el permiso a la base norteamericana de Mantia, los norteamericanos habían mirado con cierto antojo a Colombia. Sin embargo, apenas se supo en los medios que existía la probabilidad de que los norteamericanos establecieran una base militar en el país que le permite la entrada a Venezuela, el presidente Chavez, en Mayo 14 de 2008 pronunció la siguiente advertencia: “Esto es una cosa que nosotros no podemos aceptar. Eso, por ejemplo, es una cosa explosiva, porque entonces nosotros pudiéramos decir: ¿La Guajira venezolana hasta dónde llega? Venezuela era toda la Guajira. Ese terreno nos lo quitaron. ¿Ahora, qué quiere Colombia, qué volvamos a discutir eso?… “si van a montar ahí una base militar gringa, nosotros empezamos a discutir La Guajira completa” Y, en ese entonces el presidente Uribe decide responder con el siguiente comunicado: “No se ha hablado de una base militar, se ha hablado como siempre (…) de buscar fortalecer esa cooperación”. No se hará “nada que pueda válidamente darle la razón a un vecino de que lo estamos desafiando” Así las cosas, para esa época, la base militar norteamericana de Mantia no iba a ser trasladada a Colombia, a nivel personal, la apuesta iba a que el sitio más probable para la instalación de dicha base iba a ser Panamá. Entonces ¿porque cambió el gobierno colombiano de parecer? Ahora si regresamos al tema, de la llegada de los militares rusos. Dentro de la teoría de las relaciones internacionales se encuentra un planteamiento realizado por uno de los teóricos realistas más reconocidos mundialmente, Kenneth Waltz, según el cual, los estados buscan ante todo, mantener su posición dentro del sistema internacional y por ende tienden a reforzarse de acuerdo con las circunstancias que la estructura internacional fija. Siguiendo este orden de ideas, la llegada de los militares rusos, causó una gran inquietud dentro de ciertas clases políticas en Colombia, lo que obligó al gobierno colombiano a replantear su decisión con respecto a las bases norteamericanas. Desde entonces, el gobierno colombiano vino negociando secretamente la instalación de las bases con los norteamericanos. Viendo el escenario de esta forma, un verdadero intento de resolución de conflictos entre ambos países implicaría la discusión a nivel inter-regional sobre el papel que están cumpliendo las potencias extranjeras en la región. Esto evidentemente llevaría a preguntarle al gobierno colombiano su propósito para las bases estadounidenses, pero también obligaría a cuestionar la presencia de militares rusos en territorio venezolano. Aún más, podría llevar a un consenso sobre la presencia de tropas inglesas en las Malvinas, lo que sería un espaldarazo a la Argentina, entre otros asuntos de importancia. El asunto de fondo entonces sería ¿cual es el papel que están jugando las potencias extranjeras dentro de la región y que postura se debería tomar ante la presencia de una potencia extranjera en la región? Para no alargar más este comentario, hay en conclusión algunas lecciones que han dejado las negociaciones en Costa Rica que el gobierno brasilero debería considerar si quiere ayudar a ser parte de la solución del conflicto entre Colombia y Venezuela. – No se puede ser juez y parte en una negociación – No se puede considerar que los detalles que iniciaron el conflicto son irrelevantes. – No se puede ver los conflictos en términos de victimas y victimarios. – Hay considerar todos los elementos para poder llegar a soluciones que puedan ser aceptadas por las partes. – Siempre hay que mantener abiertas las puertas del diálogo, así la situación se mantenga en un elevado estado de tensión.

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