Por una geopolítica más objetiva

EL CONFLICTO EN HONDURAS: LA OEA PARA LAS DUCHAS

In Uncategorized on julio 6, 2009 at 3:35 pm

A pesar de la gran cantidad de entrevistas y análisis que han hecho los medios de comunicación, pareciera que entre los analistas y gobiernos de América Latina hay por fin un acuerdo: no patrocinar la salida forzada del país del presidente (¿o expresidente?) Manuel Zelaya.

Antes de empezar a tratar el tema en sí, es importante resaltar el efecto más importante que ha tenido esta crisis: es la primera vez en la historia reciente en donde todos los gobiernos de América entera expresan su acuerdo con algo. No lo pudo hacer el asunto del regreso de Cuba y tampoco lo pudo hacer el conflicto entre Colombia y Ecuador, pero ahora, este país centroamericano, estable hasta hace muy poco tiempo y sin mayor protagonismo dentro del escenario regional latinoamericano, ha logrado algo impensable dentro del continente: poner de acuerdo a todos los gobiernos, desde Canadá hasta Argentina.

Y es que en el tema no hay mucho que discutir, no tiene sentido tratar de defender una clara violación a los derechos humanos. Sin embargo, el papel que ha jugado la comunidad internacional, particularmente la OEA, tampoco ha estado a la altura del evento, y esto es precisamente porque no ha visto que este asunto se debe tratar dentro de dos dimensiones: una dimensión jurídica y otra dimensión política. Infortunadamente la OEA lleva pidiendo cambio desde hace muchos partidos. Y tanto el conflicto de Honduras como la crisis de 2008 entre Colombia y Ecuador han demostrado que el organismo no solo se ha llevado unas cuantas tarjetas amarillas sino que ya está jugando sin aire.

Es evidente que el orden mundial imperante en 1948 no es el mismo orden mundial que rige en la actualidad; el concepto del Estado como imperó en el siglo pasado entró en crisis, así como la concepción de las relaciones internacionales y actualmente vemos como el mundo se mueve a un ritmo mucho más acelerado que el ritmo que lleva América Latina: y sin embargo la OEA sigue operando con la misma lógica que tenía Fidel Castro cuando empuñó un sable en aquel aciago 9 de Abril de 1948. Actualmente los Estados no son los únicos actores válidos a considerar dentro del sistema internacional y la democracia ya no puede ser considerada válida de acuerdo con lo que piense el mandatario de turno. Contrario a lo piensan monigotes como Chavez, Uribe, Correa, Morales o la dinastía Kirchner, lo que hay en sus países NO es una democracia. El concepto de Democracia se vale no solamente de la facultad que tiene el pueblo para elegir a sus gobernantes sino también de la innegable cualidad de permitir un cambio de mandatario cada lapso limitado de tiempo, generalmente son cuatro o cinco años.

Sin embargo, el personaje que actualmente lidera la “defensa de la democracia y los pueblos en el continente” lleva casi 11 años enclaustrado en el poder. Su ubérrimo vecino ya va para su tercera reelección, el matacho que está en Ecuador no se queda atrás y ya barrió en su primera reelección, y Evito, Ortega y algunos mandatarios de las Antillas ya se aseguraron casi una década de gobierno para el futuro. Y ni que decir de la familia real Kirchner, que están en la Casa Rosada gobernando desde 2003 y ahí tienen para entretenerse hasta el 2011 (seguramente si en 2011 no se puede lanzar alguno de los hijos, se volverá a lanzar Nesticor). Claro, el Sr. Zelaya también quería su pedacito, por medio de una encuesta/referendo/plebiscito/consulta popular/sondeo de opinión, etc, etc., que supuestamente quería implementar.

Y en este punto uno se pregunta dos cosas: la primera es si existe alguna especie de ceguera dentro del electorado latinoamericano como para creerse el cuento de que los únicos que pueden seguir llevando a cabo las políticas nacionales de sus respectivos países son los personajes en cuestión. ¿No será posible que dentro de un país con millones de habitantes, pueda haber dos pelagatos que tengan las capacidades suficientes para seguir implementando efectivamente la Alianza País, la revolución bolivariana, la política de seguridad democrática, el cambio social o la campaña del “Yo si puedo”?

La segunda cosa que uno debería preguntarse es si este es el tipo de democracia que la OEA tan fervientemente debería defender ¿esto? ¿en serio?

Teniendo en cuenta este contexto ahora sí se debe resaltar: no hay discusión, estuvo mal, muy mal, haber sacado a un presidente, a un ciudadano de su casa, encañonado y sin vestirse, a primera hora de la mañana para meterlo dentro de un avión y sacarlo del país. Pero la OEA está reaccionando ante la situación bajo la suposición de que está pasando lo mismo que pasaba en el continente hace 20 años: es decir que los militares, bajo una visión totalmente marcada por la guerra fría, decidieron deponer al presidente electo y atrincherarse dentro del palacio presidencial e imponer una dictadura. Obviamente, si este hubiera sido el caso, estaríamos hablando de una dimensión totalmente política del asunto, pero ¡¡¡OH SORPRESA Señores de la OEA!!! No fue así.

Estaría bueno que alguien le avisara a la OEA, que los 60’s pasaron hace rato. Ya nadie baila twist en las discotecas, no se usan peinados abombados, las minifaldas son demasiado mojigatas y los militares que irrumpieron en la casa del Presidente Zelaya no estaban buscando imponer un sistema que protegiera al país del comunismo. El Sr. Manuel Zelaya fue sacado de su casa por mandato de una orden judicial, y fue sucedido por el presidente del congreso, de acuerdo con las disposiciones de la Constitución hondureña, la cual establece que al presidente lo sucedería el vicepresidente y, en ausencia de este, lo sucedería el presidente del Congreso, que fue exactamente lo que pasó. Y todo esto es precisamente lo que le añade la dimensión jurídica al asunto que la OEA no quiere ver.

Evidentemente, la que debería llevar la batuta en este asunto, así como quien debe llevar la batuta en el caso de la crisis Colombo-Ecuatoriana, es la Corte Interamericana de Derechos Humanos, quien precisamente ha brillado por su ausencia. La CIDH parece estar sentada en el banco, cuando en realidad debería estar armando el juego.

No soy un jurista, por ende mis conocimientos en derecho son limitados, sin embargo, la Convención Interamericana de Derechos Humanos, la cual es una convención con la cual todos los países se comprometieron, establece que las legislaciones de los países deben cumplir con tres principios fundamentales: el principio de legalidad, el principio de magnitud de la pena (Artículo 9) y el principio de finalidad del estado (artículo 7). Para este caso, nos interesa el principio de Magnitud de la Pena, el cual establece que no se puede establecer una pena mayor a la pena proporcional al delito cometido. Evidentemente el Sr. Zelaya cometió un delito al intentar imponer una innovadora y visionaria consulta popular, la cual era referendo si ganaba, pero era encuesta si perdía, en contra del dictamen de la ley, pero semejante delito no ameritaba la echada del país a primera hora de la mañana y en condiciones tan denigrantes. Además también vale la pena resaltar el numeral 5 del artículo 22 de la misma convención que reza lo siguiente: “Nadie puede ser expulsado del territorio del Estado del cual es nacional, ni ser privado del derecho a ingresar en el mismo.”

Entonces no hay duda, lo que hizo la institucionalidad hondureña estuvo mal. Pero no es la OEA la que debe reaccionar ante lo que sucedió, es la CIDH la que debe ponderar estos hechos y emitir un concepto sobre la legalidad del hecho. Esta es precisamente la dimensión jurídica de todo este asunto.

La dimensión política, que es el tema en el cual el Sr. Insulza no ha ahondado por andar haciendo de juez en donde no lo han llamado, pasa por otro lado, y es precisamente la gestión para asegurarse que este tipo de eventos no vuelvan a suceder en el continente, porque infortunadamente esto sienta un precedente, el cual, de acuerdo a los resultados de esta experiencia, puede amenazar con repetirse en otros países, y no queremos más viajes de presidentes trasnochados por los países vecinos.

Y es que el panorama no es nada alentador. Infortunadamente, el contexto geopolítico de la región permite suponer que esta puede ser solo la punta del iceberg. Actualmente la región adolece de un referente y un líder, el único que puede cumplir con tal papel (Brasil) ha mantenido un silencio que obedece a sus pretensiones de presentarse en solo ante el escenario internacional. El modelo brasilero además es bastante sólido y cuenta con la voluntad política suficiente para la conformación de un bloque sólido en la región. Infortunadamente Brasil no quiere hacer parte del equipo, y ante esa ausencia, y dejando a un lado la discusión ideológica, el gobierno venezolano, y en menor medida el gobierno de Cuba, han intentando enarbolar las banderas de una unión latinoamericana, con dos fallas importantes:

1. No cuentan con los recursos suficientes para sostener su liderazgo a nivel de toda la región, y tampoco tienen un modelo de desarrollo claro. Más peligroso aún es el hecho de que el modelo está apoyándose cada vez más en la generación del odio entre los gobernados, ya sea hacia los extranjeros (llámese estadounidenses o europeos, o cualquier país que esté en contra de dicho modelo), o hacia las personas que no estén de acuerdo con el gobierno. Este modelo prácticamente se resume en una particular mezcla de políticas populistas, discursos setenteros de revolución social y en echarle la culpa a EEUU cuando las cosas salen mal; y es impresionante como todo siempre termina siendo culpa de EEUU de alguna forma u otra. Curioso que ahora, el Sr. Zelaya esté pidiendo la presencia de EEUU para garantizar su regreso a Honduras, es como si EEUU fuera como una especie de padre benévolo al que se le puede echar la culpa de todos los males pero que tiene que ayudar de cualquier manera posible cuando se necesite;

2. Están condicionando terminantemente esa conformación del bloque regional a una imposición de su modelo político dentro de los países miembros, lo cual es un imposible. Sin mencionar que están jugando sucio interfiriendo en las elecciones de los demás países para asegurarse el apoyo y se lanzan a agredir verbalmente a aquellos que no los siguen. No hace falta preguntarse si la reacción tan aireada de todos los personajes del ALBA (Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) habría sido la misma si el presidente depuesto hubiera sido de un país contrario a su ideología y la institucionalidad que lo depuso fuera afín a la ideología bolivariana. Y es precisamente esta generación de odio lo que está llevando a que, por segunda vez en dos años, un país “bolivariano” entre en crisis política. Ya la crisis de Bolivia en 2008 fue la primera amonestación y ahora el tema de Honduras demuestra que la imposición del “Bolivarianismo” en la región se ha encontrado con una oposición cada vez más férrea lo cual ha convertido a América Latina en un barril de pólvora. Y la falta de gestión de la OEA para hacer respetar una democracia verdadera dentro de los países latinoamericanos va a terminar resultando en que la situación política de América Latina se le salga de las manos, lo cual no parece estar muy lejos.

Hay una última anotación que valdría la pena hacer, y es enviar un saludo de respeto y admiración hacia la institucionalidad hondureña. Honduras le está dando un ejemplo a América Latina de progreso institucional y desarrollo político y jurídico único, que la región debería emular. Es increíble como han hecho prevalecer su institucionalidad y sus leyes por encima de la política tradicional y no la han sometido a los intereses politiqueros a los que está sometida en todos los demás países del continente. Hasta donde he podido entender, la democracia hondureña ha sido la única que se ha mantenido estable sin importar quien se mantiene en el poder. No se pretende defender la radical constitucionalidad hondureña la cual de hecho estipula que se puede perder la calidad de ciudadano al apoyar la reelección (Artículo 42) y que impiden reformar el artículo de reelección (artículo 373), pero si se pretende destacar la solidez de las instituciones para defender su ley, aún así sus disposiciones legales puedan estar sometidas a polémica. Infortunadamente, llegaron al punto de defender la constitución por medios inconstitucionales y eso no se debe aceptar.

El hecho de que haya sido la institucionalidad entera la que le hizo saber a un presidente que ni siquiera él estaba por encima de la ley, y que mostró la intención de hacer respetar sus dictámenes constitucionales evidencia un desarrollo institucional y de un estado de derecho excesivamente avanzado y además el hecho de que hayan demostrado una determinación de hacer valer esa institucionalidad aún así reciba amenazas de una obsoleta OEA y una Europa poco interesada en informarse sobre el asunto, hace que hoy me quite el sombrero ante el inigualable estado hondureño.

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